Cuevas, Filomeno

Print Friendly, PDF & Email

 

Valle-Inclán se guió por las circunstancias de la rebelión del capitán Pedro Monguía contra Lope de Aguirre para estos preparativos de la insurrección de Filomeno Cuevas contra el tirano Santos Banderas. Así lo señaló detalladamente E. S. Speratti-Piñero: Monguía convence a varios compañeros de la necesidad de matar a Aguirre; estos lanzan mueras al tirano y se embarcan, con un piloto y varios flecheros indios, rumbo a Punta de las Piedras en Tierra Firme, donde han de encontrar a Aguirre. Los textos de consulta de Valle-Inclán fueron las crónicas americanas publicadas por Serrano y Sanz, que tan bien conocía, porque la novelización de la aventura de Aguirre de Ciro Bayo, aunque también conocida por Valle, excluye todos estos pormenores. 

La figura de Filomeno Cuevas, sin embargo, adquiere toda su resonancia en relación con la historia mexicana contemporánea. Su nombre de pila, por ejemplo, recuerda al valiente periodista antiporfirista Filomeno Mata, director del Diario del Hogar y de otras muchas publicaciones, repetidamente encarcelado por sus escritos, de gran fuerza en la opinión pública, que apoyó a pastedGraphic.pngFrancisco Madero. El apellido, a su vez, era uno de los más conocidos como de familias españolas pudientes de la época en México. 

Muchas de las demás circunstancias del personaje apuntan más bien a la figura histórica de Alvaro Obregón, general durante la Revolución Mexicana y presidente de México de 1920 a 1924. La admiración, y el agradecimiento, que Valle-Inclán sintió por este hombre tuvo algo que ver, sin duda, con el hecho de acercarse mucho a su propio ideal de hombre de acción y de principios, esto es, a haber sido Obregón lo que Valle-Inclán mismo no hubiera desdeñado ser. Comenzando por su común ascendencia celta: gallega para uno e irlandesa para Obregón–cuyo nombre era hispanización del O’Brien de su antecesor, guardaespaldas de un virrey español–y culminando en su coincidente manquedad: Obregón perdió el brazo derecho en su más sonada victoria, la de Celaya, contra las tropas de Pancho Villa. Las barbas caprinas del personaje, sin embargo, no adornaron nunca la cara del hombre histórico–aunque sí la de Valle-Inclán, como se sabe.

De origen humilde, Obregón tras varios oficios de juventud acabó dedicándose, con éxito, al cultivo y exportación de garbanzos en su rancho de Huatabampo, en el estado norteño de Sonora. 

Su notoria participación en la Revolución Mexicana–particularizada en sus Memorias, Ocho mil kilómetros de campaña (1917), que Obregón regaló, personalmente dedicado, a Valle-Inclán en 1921–arranca de sus simpatías maderistas. Las palabras con  las que relata Obregón esa parte de su vida recuerdan a las del ranchero de la novela:

Corrían los últimos años de la dictadura del general Díaz. Esta había extendido sus ramificaciones en todo el país, y automáticamente comenzaron a formarse dos partidos: el que explotaba y apoyaba el Gobierno de la Dictadura y el de oposición . . . Cada espíritu de oposición que surgía era para nuestro partido una esperanza . . . Después de un período de decepciones y angustias políticas, surgió Madero, quien con valor y abnegación sin límites, empezó su labor antirreelecionista, enfrentándose al tirano . . . El tirano y su corte dijeron: “Dejemos a este loco, que se burlen de él en todo el país” . . . Aprehendido Madero, arbitrariamente, por un supuesto delito que le inventara uno de los cachorros de Ramón Corral, el licenciado Juan R. Ocrí; perseguidos sus principales colaboradores, no quedaba más recurso que la guerra. Así lo comprendió la generalidad, pero no  todos nos resolvíamos a empeñarla . . . La revolución estalla . . . Entonces el partido maderista o antirreelecionista se dividió en dos clases: una compuesta de hombres sumisos al mandato del Deber, que abandonaban sus hogares y rompían toda liga de familia y de3 intereses para empuñar el fusil, la escopeta o la primera arma que encontraban; la otra, de hombres atentos al mandato del miedo, que no encontraban armas, que tenían hijos, los cuales quedarían en la orfandad si perecían ellos en la lucha, y con mil ligas más, que el Deber no puede suprimir cuando el espectro del miedo se apodera de los hombres.

A la segunda de estas clases tuve la pena de pertenecer yo.

Pasan los meses y en abril de 1911, con la revolución ya en marcha desde el 20 de noviembre del año anterior,

Hicieron su entrada a Huatabampo los rebeldes [maderistas] . . . Todos sus partidarios nos apresuramos a recibirlos. La impresión que yo recibí al verlos no se borrará jamás de mi memoria: eran como cien; de ellos, setenta armados; de los armados, más de treinta sin cartuchos, y los que llevaban parque lo contaban en reducidísima cantidad . . . Empecé a sentirme poseído de una impresión intensa, la que poco a poco fue declinando en vergüenza, cuando llegué al convencimiento de que para defender los sagrados intereses de la Patria, sólo se necesita ser ciudadano, y para esto, desoír cualquier voz que no sea la del Deber. Encontraba superior a mí a cada uno de aquellos hombres.

Finalmente, el presidente Díaz dimite y Madero es elegido nuevo presidente. Sigue Obregón en sus Memorias:

¡El triunfo de la Revolución era ya un hecho! De pie en mi conciencia quedó la falta: yo en nada había contribuido al glorioso triunfo de la Revolución y, sin embargo, me consideraba maderista.

Es al rebelarse contra Madero el general Pascual Orozco cuando entra en la lucha Obregón y, acabada la campaña victoriosamente, se retira a su rancho con el rango de teniente coronel. Pero se produce poco después la Decena Trágica o Cuartelazo de la Ciudadela, que llevará al poder al general  Huerta y ocasionará la muerte de Madero. Al recibir la noticia,

Todos los en aquellos instantes reunidos sentimos la indeclinable obligación de salvar al país de la usurpación artera encabezada por Victoriano Huerta.

En esta campaña es donde Obregón se reveló como formidable estratega y militar victorioso. Ascendido a general y nombrado, al cabo de la lucha, ministro de la Guerra en el gabinete de Venustiano Carranza, renunció de nuevo al cargo para volver a su rancho. Había de sublevarse luego él mismo contra Carranza a finales de 1919 y, de nuevo victorioso, y el más reputado de los generales revolucionarios, presentarse como candidato a la Presidencia de México, interinamente asumida por su protegido, y más tarde enemigo, Adolfo de la Huerta. Fue elegido por 1.131.751 votos contra 47.442 para su oponente, para la legislatura de 1920.24.

Durante su gestión es cuándo se inició la verdadera transformación de México en todos los aspectos que perseguía la Revolución. Realista ante todo, Obregón atendió a las causas básicas del descontento y la injusticia que alimentaron los diez años anteriores de lucha revolucionaria, sin desbaratar el frágil entramado político y económico mexicano. Durante sus cuatro años en el cargo, por ejemplo, distribuyó tres millones de acres a 624 comunidades en régimen de ejido. Una cifra que no es espectacular y que superaría con mucho en 1934 el presidente Cárdenas, el más arrojado de los reformadores, pero ya siete veces mayor de lo que había hecho su antecesor, Venustiano Carranza.

Desde la perspectiva de 1921 a 1926–que es cuando Valle-Inclán visitó México y escribió Tirano Banderas–no cabía duda ni de los logros de la Revolución Mexicana ni de4 quién era su máximo artífice práctico: Alvaro Obregón era quien merecía ese título entonces con tanta o más justicia que cualquier otro.