05-1-Boleto de sombra

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LIBRO PRIMERO

BOLETO DE SOMBRA

I

El Fuerte de Santa Mónica, que en las luchas revolucionarias sirvió tantas veces como prisión de reos políticos, tenía una pavorosa leyenda de aguas emponzoñadas, mazmorras con reptiles, cadenas, garfios y cepos de tormento. Estas fábulas, que datan de la dominación española, habían ganado mucho valimiento en la tiranía del General Santos Banderas. Todas las tardes en el foso del baluarte, cuando las cornetas tocaban fajina, era pasada por las armas alguna cuerda de revolucionarios. Se fusilaba sin otro proceso que una orden secreta del Tirano.

II

Nachito y el estudiante traspasaron la poterna, entre la escolta de soldados. El Alcaide los acogió sin otro trámite que el parte verbal depuesto por un sargento, y enviado desde la cantina por el Mayor del Valle. AI cruzar la poterna, los dos esposados alzaron la cabeza para hundir una larga mirada en el azul remoto y luminoso del cielo. El Alcaide de Santa Mónica, Coronel Irineo Castañón, aparece en las relaciones de aquel tiempo como uno de los más crueles sicarios de la Tiranía: Era un viejo sanguinario y potroso que fumaba en cachimba y arrastraba una pata de palo. Con la bragueta desabrochada, jocoso y cruel, dio entrada a los dos prisioneros:

—¡Me felicito de recibir a una gente tan seleccionada!

Nachito acogió el sarcasmo con falsa risa de dientes, y quiso explicarse:

—Se padece una ofuscación, mi Coronelito.

El Coronel Irineo Castañón vaciaba la cachimba golpeando sobre la pata de palo:

—A mí en eso ninguna cosa me va. Los procesos, si hay lugar, los instruye el Licenciadito Carballeda. Ahora, como aún se trata de una simple detención, van a tener por suyo todo el recinto murado.

Agradeció Nachito con otra sonrisa cumplimentera y acabó moqueando:

—¡Es un puro sonambulismo este fregado!

El Cabo de Vara, en el sombrizo de la puerta, hacía sonar la pretina de sus llaves: Era mulato, muy escueto, con automatismo de fantoche: Se cubría con un chafado quepis francés, llevaba pantalones colorados de uniforme, y guayabera rabona muy sudada: Los zapatos de charol, viejos y tilingos, traía picados en los juanetes. El Alcaide le advirtió jovial:

—Don Trini, a estos dos flautistas vea de suministrarles boleto de preferencia.

—No habrá queja. Si vienen provisorios, se les dará luneta de muralla.

Don Trini, cumplida la fórmula del cacheo, condujo a los presos por un bovedizo con fusiles en armario: Al final, abrió una reja y los soltó entre murallas:

—Pueden pasearse a su gusto.

Nachito, siempre cumplimentero y servil, rasgó la boca:

—Muchísimas gracias, Don Trini.

Don Trini, con absoluta indiferencia, batió la reja, haciendo rechinar cerrojos y llaves:

Gritó, alejándose:

—Hay cantina, si algo desean y quieren pagarlo.

III

Nachito, suspirando, leía en el muro los grafitos carcelarios decorados con fálicos trofeos.

Tras de Nachito, el taciturno estudiante liaba el cigarro: Tenía en los ojos una chispa burlona, y en la boca prieta, color de moras, un rictus de compasión altanera. Esparcidos y solitarios paseaban algunos presos. Se oía el hervidero de las olas, como si estuviesen socavando el cimiento. Las ortigas lozaneaban en los rincones sombríos, y en la azul transparencia aleteaba una bandada de zopilotes, pájaros negros. Nachito, finchándose en el pando compás de las zancas, miró con reproche al estudiante:

—Ese mutismo es impropio para dar ánimos al compañero, y hasta puede ser una falta de generosidad. ¿Cómo es su gracia, amigo?

—Marco Aurelio.

—¡Marquito, qué será de nosotros!

—¡Pues y quién sabe!

—¡Esto impone! ¡Se oye el farollón de las olas!… Parece que estamos en un barco.

El Fuerte de Santa Mónica, castillote teatral con defensas del tiempo de los virreyes, erguíase sobre los arrecifes de la costa, frente al vasto mar ecuatorial, caliginoso de ciclones y calmas. En la barbacana, algunos morteros antiguos, roídos de lepra por el salitre, se alineaban moteados con las camisas de los presos tendidas a secar: Un viejo, sentado sobre el cantil frente al mar inmenso, ponía remiendos a la frazada de su camastro. En el más erguido baluarte cazaba lagartijas un gato, y pelotones de soldados hacían ejercicios en Punta Serpientes.

IV

Hilo de la muralla, la curva espumosa de las olas balanceaba una ringla de cadáveres.

Vientres inflados, livideces tumefactas. Algunos prisioneros, con grito de motín, trepaban al baluarte. Las olas mecían los cadáveres ciñéndolos al costado de la muralla, y el cielo alto, llameante, cobijaba un astroso vuelo de zopilotes, en la cruel indiferencia de su turquesa. El preso que ponía remiendos en la frazada de su camastro quebró el hilo, y con la hebra en el bezo murmuró leperón y sarcástico:

—¡Los chingados tiburones ya se aburren de tanta carne revolucionaria, y todavía no se satisface el cabrón Banderas! ¡Puta madre!

El rostro de cordobán, burilado de arrugas, tenía un gesto estoico: La rasura de la barba, crecida y cenicienta, daba a su natural adusto un cierto aire funerario. Nachito y Marco Aurelio caminaron inciertos, como viajeros extraviados: Nachito, si algún preso cruzaba por su vera, apartábase solícito y abría paso con una sonrisa amistosa. Llegaron al baluarte y se asomaron a mirar el mar alegre de luces mañaneras, nigromántico con la fúnebre ringla balanceándose en las verdosas espumas de la resaca. Entre los presos que coronaban el baluarte acrecía la zaloma de motín con airados gestos y erguir de brazos. Nachito se aleló de espanto:

—¿Son náufragos?

El viejo de la frazada le miró despreciándole:

—Son los compañeros recién ultimados en Foso-Palmitos.

Interrogó el estudiante:

—¿No se les enterraba?

—¡Qué va! Se les tiraba al mar. Pero visto cómo a los tiburones ya les estomaga la carne revolucionaria, tendrán que darnos tierra a los que estamos esperando vez.

Tenía una risa rabiosa y amarga. Nachito cerró los ojos:

—¿Es de muerte su sentencia, mi viejo?

—¿Pues conoce otra penalidad más clemente el Tigre de Zamalpoa? ¡De muerte! ¡Y no me arrugo ni me rajo! ¡Abajo el Tirano!

Los prisioneros, encaramados en el baluarte, hundían las miradas en los disipados verdes que formaba la resaca entre los contra-fuertes de la muralla. El grupo tenía una frenética palpitación, una brama, un clamoreo de denuestos. El Doctor Alfredo Sánchez Ocaña, poeta y libelista, famoso tribuno revolucionario, se encrespó con el brazo tendido en arenga, bajo la mirada retinta del centinela que paseaba en la poterna con el fusil terciado:

—¡Héroes de la libertad! ¡Mártires de la más noble causa! ¡Vuestros nombres escritos con letras de oro, fulgirán en las páginas de nuestra Historia! ¡Hermanos, los que van a morir os rinden un saludo y os presentan armas!

Se arrancó el jipi con un gran gesto, y todos le imitaron. El centinela amartilló el fusil:

—¡Atrás! No hay orden para demorar en el baluarte.

Le apostrofó el Doctor Sánchez Ocaña:

—¡Vil esclavo!

Una barca tripulada por carabineros de mar, arriando vela, maniobraba para recoger los cadáveres. Embarcó siete. Y como los prisioneros en creciente motín no desalojaban el baluarte, salió la guardia y sonaron cornetas.

V

Nachito, tomado de alferecía, se agarraba al brazo del estudiante:

—¡Nos hemos fregado!

El viejo de la manta le miró despacio, el belfo mecido por una risa de cabrío:

—No merita tanto atributo esta vida pendeja.

Nachito ahiló la voz en el hipo de un sollozo:

—¡Muy triste morir inocente! ¡Me condenan las apariencias!

Y el viejo, con burlona mueca de escarnio, seguía martillando:

—¿No sos revolucionario? Pues sin merecerlo vas vos a tener el fin de los hombres honrados.

Nachito, relajándose en una congoja, tendía los ojos suplicantes al preso, que, con el caño fruncido y la manta tendida sobre las piernas, se había puesto a estudiar la geometría de un remiendo. Nachito intentó congraciarse la voluntad de aquel viejo de cordobán: El azar los reunía bajo la higuera, en un rincón del patio:

—Nunca he sido simpatizante con el ideario de la revolución, y lo deploro; comprendo que son ustedes héroes con un puesto en la Historia: Mártires de la Idea. ¡Sabe amigo, que habla muy lindo el Doctor Sánchez Ocaña!

Hízole coro el estudiante, con sombrío apasionamiento:

—En el campo revolucionario militan las mejores cabezas de la República.

Aduló Nachito:

—¡Las mejores!

Y el viejo de la frazada, lentamente, mientras enhebra, desdeñoso y arisco comentaba:

—Pues, manifiestamente, para enterarse no hay cosa como visitar Santa Mónica. A lo que se colige, el chamaco tampoco es revolucionario.

Declaró Marco Aurelio con firmeza:

—Y me arrepiento de no haberlo sido, y lo seré, si alguna vez me veo fuera de estos muros.

El viejo, anudando la hebra, reía con su risa de cabra:

—De buenos propósitos está empedrado el Infierno.

Marco Aurelio miró al viejo conspirador y juzgó tan cuerdas sus palabras, que no sintió el ultraje: Le sonaban como algo lógico e irremediable en aquella cárcel de reos políticos orgullosos de morir.

VI

El tumbo del mar batía la muralla, y el oboe de las olas cantaba el triunfo de la muerte. Los pájaros negros hacían círculos en el remoto azul, y sobre el losado del patio se pintaba la sombra fugitiva del aleteo. Marco Aurelio sentía la humillación de su vivir, arremansado en la falda materna, absurdo, inconsciente como las actitudes de esos muñecos olvidados tras de los juegos: Como un oprobio remordíale su indiferencia política. Aquellos muros, cárcel de exaltados revolucionarios, le atribulaban y acrecían el sentimiento mezquino de su vida, infantilizada entre ternuras familiares y estudios pedantes, con premios en las aulas. Confuso atendía al viejo que entraba y sacaba la aguja de lezna:

—¿Venís vos a la sombra por incidencia justificada, o por espiar lo que se conversa? Eso, amigo, es bueno ponerlo en claro. Recorra las cuadras y vea si encuentra algún fiador. ¿No dice que es estudiante? Pues aquí no faltan universitarios. Si quiere tener amigos en esta mazmorra, busque modo de justificarse. Los revolucionarios platónicos merecen poca confianza.

El estudiante había palidecido intensamente. Nachito, con ojos de perro, imploraba clemencia:

—A mí también me tenía horrorizado Tirano Banderas: ¡Muy por demás sanguinario!

Pero no era fácil romper la cadena. Yo para bolinas no valgo, ¿y adónde iba que me recibiesen si soy inútil para ganarme los fríjoles? El Generalito me daba un hueso que roer y se divertía choteándome. En el fondo parecía apreciarme. ¿Que está mal, que soy un pendejo, que aquello era por demás, que tiene sus fueros la dignidad humana? Corriente. Pero hay que reflexionar lo que es un hombre privado de albedrío por ley de herencia. ¡Mi papá, un alcohólico! ¡Mi mamá, con desvarío histérico! El Generalito, a pesar de sus escarnios, se divertía oyéndome decir jangadas. No me faltaban envidiosos. ¡Y ahora caer de tan alto!

Marco Aurelio y el viejo conspirador oían callados y por veces se miraban. Concluyó el viejo:

—¡Hay sujetos más ruines que putas!

Se ahogaba Nachito:

—¡Todo acabó! El último escarnio supera la raya. Nunca llegó a tanto. Divertirse fusilando a un desgraciado huérfano, es propio de Nerón. Marquito, y usted, amigo, yo les agradecería que luego me ultimasen. Sufro demasiado. ¡Qué me vale vivir unas horas, si todo el gusto me lo mata ese chingado sobresalto! Conozco mi fin, tuve un aviso de las ánimas.

Porque en este fregado ilusorio andan las Benditas. Marquito, dame cachete, indúltame de este suplicio nervioso. Hago renuncia de la vida por anticipado. Vos, mi viejo, ¿qué haces que no me sangrás con esa lezna remendona? Mero mero, pasáme las entretelas. Amigos, ¿qué dicen? Si temen complicaciones, háganme el servicio de consolarme de alguna manera.

VII

El planto pusilánime y versátil de aquel badulaque aparejaba un gesto ambiguo de compasión y desdén en la cara funeraria del viejo conspirador y en la insomne palidez del estudiante. La mengua de aquel bufón en desgracia tenía cierta solemnidad grotesca, como los entierros de mojiganga con que fina el antruejo. Los zopilotes abatían sus alas tiñosas sobre la higuera.

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