5. Autenticidad y lectura en el ‘Quijote,’ II

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No hay más autenticidad escritora que la derivada de la opinión lectora.

Sobre esta premisa se dirime la polémica novelesca acerca de la autenticidad del segundo Quijote, cuestión que Cervantes resuelve a su favor en los capítulos I a IV haciendo que su protagonista asuma la opinión que los lectores de la Primera Parte tienen de él. Cómo y dónde se manifiesta esta aceptación quijotesca y quiénes sean esos lectores son las dos cuestiones objeto de estas reflexiones.

 1-Autenticidad

La famosa conversación sobre la Primera Parte entre don Quijote, Sancho y Sansón Carrasco en los capítulos III y IV es parte de la contestación polémica al Quijote espurio: en efecto, la vinculación que ahí se establece entre las Partes Primera y Segunda autentifica la propiedad de la continuación cervantina y en esa medida relega a las tinieblas exteriores del mundo quijotesco a la de Avellaneda. Pero esta conversación no es la única pieza de la estrategia autentificadora de Cervantes sino, más bien, su remate, el corolario de dos conversaciones preparatorias anteriores en los capítulos I y II.

Las tres conversaciones son variantes de un mismo procedimiento argumentativo: hacer que el caballero asuma la opinión que los demás tienen de él; es decir, hacer que se reconozca a sí mismo en el conocimiento ajeno. En la primera de ellas, lo hace según el conocimiento personal de su familia y de sus amigos, testigos de su pasada conducta. En la segunda, ampliando el ámbito de la opinión ajena, según la opinión de sus vecinos. En la tercera, en una máxima ampliación del ámbito público, tal como es universalmente conocido como personaje libresco por los lectores y oidores de su historia.

La primera conversación está dedicada a determinar si el protagonista mantiene su principal seña de identidad, la locura caballeresca. Conversando con el cura y el barbero don Quijote se muestra sensato hasta que salen a colación temas bélicos. Inmediatamente reincide en su idiosincrática locura. Es la desconsolada sobrina quien expresa el temido diagnóstico: “¡Que me maten si no quiere mi señor volver a ser caballero andante!” (552), 1 un diagnóstico que don Quijote no siente empacho alguno sino, al contrario, orgullo, en asumir plenamente afirmando su propósito de morir como tal caballero andante.

El barbero quiere entonces comprobar hasta qué punto don Quijote se da cuenta de lo descabellado de su propósito para lo cual recurre al cuento de un loco sevillano. Don Quijote se da cuenta de que el barbero le está ofreciendo un retrato en el que reconocerse y entra al trapo señalando que, a diferencia del loco del cuento,

 -Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo. Sólo me fatigo por dar a entender al mundo el error en que está en no renovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la orden de la andante caballería (555-6).

La negativa no impide la sospecha de la validez del parecido con el loco sevillano en tanto que ambos ignoran la insania de su respectivo propósito. Sospecha que se convierte en realidad incontestable cuando don Quijote completa su pensamiento: “Y con esto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capellán della; y si su Júpiter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo, que lloveré cuando se me antojare. Digo esto porque sepa el señor Bacía que le entiendo” (556). Palabras que aun cuando sibilinas dejan claro, como poco, que cuando el barbero le propone al orate sevillano como retrato, don Quijote no tiene inconveniente en asumir la locura que implícitamente se le achaca.

Se salda así esta primera conversación con la evidencia no ya de que don Quijote siga fiel a sus señas de identidad anteriores, sino de que ahora, al verse tachado públicamente de loco por quienes le han conocido íntimamente en su vida anterior, acepta que sus ideas y sus propósitos merezcan ese calificativo, a pesar del cual no está dispuesto a abandonarlos. Hechas por el protagonista mismo, tanto la aceptación del parecer ajeno como la declaración de continuidad personal acreditan la identidad entre el que era y el que es con más eficacia y más incontrovertiblemente que si esta se debiera a la simple declaración de terceros.

Este desafiante reconocimiento de don Quijote de ser el mismo loco que recuerdan sus íntimos podría sugerir que le es indiferente la opinión ajena sobre su persona, pero no hay tal. Aunque se sabe singular y lo acepta, incluso se ufana de ello, quiere saber qué opinan de su singularidad más allá de su círculo doméstico. Y esto es justo lo que le pregunta encarecidamente a Sancho. Se inicia así el segundo paso de su acreditación como auténtico don Quijote, la segunda conversación:

 -¿Qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi cortesía? ¿Qué se platica del asunto que he tomado de resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente quiero, Sancho, me digas lo que acerca de esto ha llegado a tus oídos, y esto me has de decir sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna (563).

Confiado en la salvaguarda prometida a su franqueza, Sancho no se anda con paños calientes y resume contundentemente: “el vulgo tiene a vuestra merced por grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato”(564). En cuanto a los demás asuntos por los que pregunta el caballero, según Sancho las opiniones de los vecinos “van discurriendo en tantas cosas, que ni a vuestra merced ni a mí nos dejan hueso sano”(564). Obsérvese que el que estos múltiples pareceres sean en su mayoría negativos no los hace inaceptables para don Quijote, quien considera que “Pocos o ningunos de los famosos varones que pasaron dejó de ser calumniado de la malicia. Así que, ¡oh Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos bien pueden pasar las mías, como no sean más de las que has dicho” (564-5).

Se trata, de nuevo, de una aceptación personal, mínima, quizá, pero aceptación, al fin y al cabo, de unas señas de identidad locales que, como antes ocurría, son tanto más fidedignas cuanto que don Quijote las asume sin empacho, es decir, es él mismo quien se identifica con la opinión que los demás tienen de él, aceptándola.

Mas “las caloñas que le ponen” no se limitan a las de sus vecinos: “Lo de hasta aquí son tortas y pan pintado,” dice Sancho, en comparación con las que le podrá referir el bachiller Sansón Carrasco, conocedor de “la historia de vuestra merced, con nombre de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”(565). Llegamos así al plato fuerte de este tríptico re-identificativo del Quijote cervantino de la Segunda Parte, la tercera conversación antedicha de los capítulos III y IV.

La noticia deja a don Quijote atónito y pensativo mientras llega Sansón, de quien espera impacientemente “oír las nuevas de sí mismo”. Tener noticias de la propia vida equivale a desconocerla, a considerarla ajena al recuerdo o la conciencia personales y, como si de la vida de otro se tratara, a enterarse de ella mediante la opinión de terceros. Bien pensado, esto o algo muy parecido es lo que don Quijote ha venido haciendo en las dos conversaciones anteriores cuando acepta ser el que otros creen que es, o sea, cuando acepta una caracterización ajena hasta entonces desconocida para él. Pero esta tercera conversación sigue derroteros más radicales. Ahora los terceros en cuestión no son ajenos a su vida en el sentido de no conocerlo o no saber de él personalmente como amigo, vecino o paisano. Los terceros ahora lo desconocen como persona y no saben de su vida más que como lectores de su biografía. La opinión de estos nuevos terceros no es sobre un hombre sino sobre un personaje, el protagonista del Quijote de 1605.

Téngase en cuenta además que aunque el bachiller es vecino del mismo pueblo que don Quijote, a causa de su ausencia como estudiante en Salamanca no debió de enterarse de las aventuras de este por boca de sus paisanos. Su opinión sobre el caballero no es, pues, como en las conversaciones anteriores, ni la del amigo ni la del vecino. No sabe de él más que lo que se dice en Salamanca, o sea, lo que dice su historia de 1605. De hecho, Sansón se distancia aun más de un posible conocimiento personal al no ofrecer ni siquiera su propia opinión como lector: se limita a ser portavoz de los demás lectores, cuyas opiniones y actitudes va a pormenorizar.

Hay que insistir en ello: el retrato público de don Quijote no es el que hace de él la historia de Cide Hamete, sino el que hacen de él los lectores de esa historia. La razón de que así sea es fácil de entender si recordamos que el propósito de esta y de las demás conversaciones es acreditar al protagonista de la Segunda Parte como idéntico al protagonista de la Primera. En efecto, quienes más señaladamente podían dudar de esa identidad eran aquellos que, después de haber leído la Primera Parte y habiendo leído también o simplemente sabiendo de la Segunda Parte de Avellaneda, se disponían a leer la Segunda Parte cervantina. Su pregunta era tan razonable como obvia: ¿cuál de los dos personajes continuadores era el auténtico? Igualmente obvia era su contestación: la más convincente prueba de autenticidad era que el don Quijote de la Segunda Parte concordara con el don Quijote que ellos como lectores recordaban de la Primera. Para merecer la consideración de auténtica la Segunda Parte debía pues ajustar su protagonista a la imagen que los lectores mismos habían creado del protagonista de la Primera Parte. En otras palabras, la autenticidad o inautenticidad del protagonista de la Segunda Parte se cifraba en la opinión de los lectores de la Primera Parte: nunca sería más convincentemente auténtico que cuando coincidiera con el que estos recordaban.

Por otra parte tampoco se debe olvidar que don Quijote no tiene ocasión en ningún momento de hacerse una opinión personal sobre su historia puesto que ni siquiera intenta leerla. Podría parecer curioso este desinterés en alguien tan aficionado a la lectura, pero resulta obligado cuando caemos en la cuenta de que si el caballero llevara a cabo esa lectura forzosamente habría de contrastar sus recuerdos y su conciencia de sí mismo con la versión del historiador, constatación personal que carecería de valor autentificativo alguno para los lectores y, por tanto, inútil en esta coyuntura narrativa. Lo que interesa en este momento no es más que la multitudinaria opinión del público lector de la que nace la fama que le define e identifica.

Por eso también es por lo que Sansón Carrasco dirá muy poco acerca de los hechos historiados o de la calidad de la historia misma y mucho, en cambio, acerca de su recepción lectora. El relato llega incluso a dramatizar esta atención exclusiva cuando ofrece pasajes cuya posible anfibología en este sentido es significativamente resuelta sin lugar a dudas. Así, por ejemplo, cuando don Quijote quiere saber “qué hazañas mías son las que más se ponderan en esa historia”(568), frase que podría hacer pensar que el hidalgo pregunta por la valoración que hace la historia de los varios hechos de su vida, es decir, podría hacer pensar que don Quijote se interesa por el contenido de su historia. La contestación de Sansón anula este posible sentido en favor de un sentido alternativo, el de la valoración que hacen los lectores de las hazañas recogidas por la historia: “en eso”, dice, “hay diferentes opiniones, como hay diferentes gustos” (568).

Ciertamente don Quijote había comenzado por interesarse por la conducta del historiador, mas al ver continuamente frustrada su curiosidad por este tipo de contestaciones de Sansón, acaba por rendirse, atendiendo más a las dificultades de los lectores que a la pericia del escritor. Así cuando se inquieta por la posible oscuridad de la historia e insinúa que quizás tenga “necesidad de comento para entenderla”. La respuesta de Sansón, una de las más famosas de la novela, subraya otra vez que el asunto prácticamente exclusivo de su informe son las circunstancias lectoras:

 -Eso no—respondió Sansón—; porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: “Allí va Rocinante” (572).

Igualmente ocurre a continuación, cuando el bachiller, defendiendo al historiador de sus críticos, constata perogrullescamente “que es grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal que satisfaga y contente a todos los que le leyeren” (573).

Don Quijote no siente compasión alguna de los sufridos autores sino que induce del truismo que su historia quizás haya contentado a pocos y que su público haya sido escaso. “Antes es al revés,” le espeta cruelmente Sansón, “que como de stultorum infinitus est numerus, infinitos son los que han gustado de la tal historia” (574). No es del caso reparar ahora en lo detonante de esta afirmación de la estupidez de los infinitos lectores—entre cuyo número nos contamos, sin duda—a quienes complace la historia de don Quijote. Dado el sesgo de mi comentario, baste con señalarla como muestra adicional de la atención exclusiva que la conversación presta a la lectura de la historia en vez de a cualquier otro aspecto de su escritura o de su contenido.

 2-Lectura

Hasta ahora no he parado mientes en el hecho de que esta y las demás conversaciones se digan ocurridas un mes después del retorno a casa de don Quijote. Como además para entonces ya se había publicado su historia en 1605, todas ellas han de tener lugar a principios de ese año. Dejemos de lado la maravillosa celeridad de la escritura y de la publicación de la historia, tan a seguido del retorno de don Quijote de su segunda salida, último episodio de la Primera Parte. Ateniéndonos a estas fechas, los lectores de cuya opinión informa Sansón no podrían ser más que los pocos de la recientísima primera edición de ese año. Así parece confirmarlo el hecho de que Sancho se vea obligado a precisar cómo le fue sustraído el asno, incógnita que, como se sabe, sólo se da en la primera edición (y en las inmediatamente siguientes ediciones piratas de Valencia y Portugal). Mas como la incógnita fue despejada a partir de la segunda impresión legal de abril de ese mismo año de 1605, los lectores de cualesquiera Primeras Partes impresas a partir de esa fecha no necesitaban la precisión de Sancho.

Hay más referencias textuales que contradicen esta datación temprana de las conversaciones y, consecuentemente, la identidad y el número de los lectores cuya opinión es objeto del comentario de Sansón Carrasco. La principal es que en el momento de la conversación, como este asegura, ya es universal la fama de don Quijote gracias a la abundancia de ediciones de su historia: “Tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia: si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso, y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes” (567). Esta universalidad no podía darse, desde luego, para quienes acababan de leer una recién aparecida Primera Parte a principios de 1605. Unicamente era cierta para los lectores que en 1615 tenían en sus manos la recién publicada Segunda Parte de la historia. Pero tampoco 1615 es fecha posible para datar estas conversaciones puesto que han de haber ocurrido antes de ser publicadas en la Segunda Parte.

1614 es fecha, como se sabe, a la que se alude o que se menciona repetidamente en la Segunda Parte como presente de la acción. A ello hay que añadir que el propósito cervantino de beligerante autentificación que yo atribuyo a las conversaciones iniciales de la Segunda Parte no cobraba importancia más que para los lectores que ya supieran de la continuación espuria de 1614. De todo lo cual es forzoso concluir que las conversaciones no ocurren un mes después de la vuelta de don Quijote a casa, recién publicada la historia de sus aventuras, es decir, a principios de 1605, sino nueve años después de esa fecha, en 1614. Consecuentemente, cuando el don Quijote de la Segunda Parte se reconoce en el de la Primera Parte, no puede hacerlo en 1605, recién publicada y recién leída esta, sino cuando ese personaje se ha convertido ya en el famoso don Quijote, o sea, al cabo de al menos esos nueve años de existencia pública.

De modo que los datos novelescos no casan. Pero son tozudos y no se dejan negar: se dice conocido en 1605 lo que no pudo conocerse más que en 1614. Un mes después de la publicación de la Primera Parte de su historia, o sea, en algún momento de 1605, don Quijote no pudo enterarse de su fama a lo largo de los nueve años siguientes.

¿Cómo puede una conversación ocurrida en 1605 tratar de temas nueve años posteriores? ¿Otro descuido cervantino? Quizá no, quizá haya una lección de lectura en este imposible bucle temporal–mediante el cual, a modo de cinta de Moebius cronológica, nueve años de fama lectora posterior confluyen en un momento nueve años anterior. Creo que hay una indudable analogía entre esta imposibilidad cronológica y el imposible conocimiento de sí mismo de don Quijote como personaje ficticio según la opinión de sus lectores reales. Esta conjunción del mundo de la ficción con el mundo real sólo es válida textualmente, únicamente adquiere sentido en la lectura, que aúna ambas naturalezas, la ficticia y la real.

Acabo de decir que los lectores a quienes se refiere la tercera conversación de los capítulos III y IV de la Segunda Parte no pueden ser los de 1605 sino aquellos otros, posteriores, más cercanos a 1615 que a 1605, cuyas numerosas opiniones hacen famoso a don Quijote. Pero tampoco me parece descabellado mantener que todos los lectores posteriores a esas fechas, hasta hoy mismo, nos colamos inescapablemente en la foto: todos los lectores del Quijote somos el referente de los lectores aludidos en las conversaciones de la Segunda Parte. Nos incluye el hecho de que la autenticidad del personaje de 1615 se base en la fama que le han granjeado los lectores de su historia de 1605, porque esta autentificación lectora no ha cesado, se repite sin tregua desde entonces para, con y gracias a todos y cada uno de nosotros, lectores sucesivos de la Primera Parte.

Se configura así, a modo de conclusión, el siguiente principio: la cambiante fama del personaje llamado don Quijote es el fundamento de su también cambiante autenticidad, siempre dependiente de unos cambiantes lectores. O, más sucintamente, la autenticidad de don Quijote, para cualquier lector, antiguo, presente o futuro, depende de la fama lectora conseguida en cada momento por el Quijote.

Sólo la fama de don Quijote lo define como auténtico. Vale decir, solo lo definen como auténtico sus lectores al hacerle famoso y según la fama que le den. Lo que hace auténtico a don Quijote es aquella fama suya que precede a cualquier lectura del Quijote. Esto mismo dicho de otro modo: solo leemos el verdadero Quijote cuando nuestra lectura lo hace coincidir con el Quijote hecho famoso por lecturas anteriores.

Bucle final. Dado que, al saber de su fama, don Quijote sabe ipso facto que esta se debe a los lectores de su historia, se puede decir que las lecturas de estos forman parte integral de su vida en la Segunda Parte. Y, por ende, que la vida de don Quijote discurre no sólo en un mundo de personajes ficticios, sino también en el mundo de unas personas reales, sus lectores. En última instancia, pues, la fama de don Quijote resulta no ser ni falsa ni ficticia sino ambas cosas a la vez: dependiente de nuestra lectura, es una fama real que solo se puede vivir en el mundo ficticio.

Podían haberlo dicho–lo pensaron, sin duda, antes que nosotros–tanto don Quijote como Cervantes: Lego, ergo sum.

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  1. Cito por la página de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Real Academia Española, Asopciación de Academias de la Lengua Española (Madrid. Algaguara, 2004)