6. Autor y editor ante el robo del rucio

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1-Error sobre error

La corrección editorial de los errores acerca del rucio de Sancho en la Primera parte del Quijote sería evidente, casi indiscutible, si no fuera por los comentarios de la Segunda parte sobre este extremo. Muchas de las ediciones actuales suelen entender estas palabras de 1615 como desautorización de las correcciones de 1605 y de 1608 y, en consecuencia, relegan estas a notas y apéndices manteniendo el texto erróneo de la edición príncipe. Una nueva lectura de estas palabras, sin embargo, permite negarles valor como desautorización de texto anterior alguno y, por ende, hace posible la incorporación de las correcciones en el texto de la novela sin desatender la intención del autor.

La reciente edición del Instituto Cervantes, llamada como está, por méritos propios, a suministrar el texto de la novela a futuras ediciones y, por eso, especialmente importante en sus inclusiones y sus exclusiones textuales, es una de las que mantiene el error de la edición príncipe, es decir, a mi juicio, una de las que comete este error sobre error cuya corrección me dispongo a razonar.

En su sección preliminar titulada “Texto crítico” esta edición justifica así su proceder:

Si en B [segunda edición de Cuesta en 1605] el escritor interpoló en lugar erróneo los añadidos en torno al rucio, en la Segunda parte (1615) prefirió ocultarlos con cortinas de humo. No es aceptable, pues, insertar tales añadidos donde los sitúa B, no ya porque estén ahí por una equivocación de Cervantes, sino porque, por culpa de esa equivocación, Cervantes se preocupó de cancelarlos en la Segunda parte; ni, obviamente, podemos inventarnos el texto que quizá el escritor habría compuesto en 1615 para disimular los lunares de un decenio atrás. Sólo nos queda, por tanto, editar en el cuerpo de la página uno de los estadios palpables del primer Quijote y recoger los otros, seguros o posibles, en el apartado crítico.

No es dudoso que el estadio preferido ha de ser el de la princeps, por cuanto la Segunda parte no da por buenos los retoques de B, ni, por ende, de C [tercera edición de Cuesta en 1608), a cuenta del asno robado, y porque es en relación con aquel estadio como mejor se aprecia el itinerario del novelista hacia una ‘última voluntad’, jamás cuajada en una nueva edición, sobre la fisonomía del libro (Quijote, cclxxiv). 1

Es forzoso advertir, sin ánimo de polemizar, que, a pesar de ser el fundamento mismo de la decisión editorial adoptada, ni aquí ni en ningún otro lugar del aparato crítico de esta edición se muestra ni se demuestra que en 1615 Cervantes desautorizara los añadidos de B de 1605. Simplemente se afirma ello como “última voluntad” del autor que, aparentemente, no necesita demostración. No es así.

2-Doble error, doble referencia

Recordemos lo principal de esas palabras de la Segunda parte de 1615. En su capítulo III y bajo el título de “Ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco,” observa este que

-Algunos han puesto falta y dolo en la memoria del autor, pues se le olvida de contar quién fue el ladrón que hurtó el rucio a Sancho, que allí no se declara, y solo se infiere de lo escrito que se le hurtaron, y de allí a poco le vemos a caballo sobre el mismo jumento, sin haber parecido (655).

En el capítulo siguiente Sancho satisface pormenorizadamente a Sansón acerca del quién, el cómo y el cuándo del hurto, pero este insiste en que

-No está en eso el yerro–replicó Sansón–, sino en que antes de haber parecido el jumento dice el autor que iba a caballo Sancho en el mesmo rucio.

-A eso—dijo Sancho—no sé qué responder, sino que el historiador se engañó, o ya sería descuido del impresor.

-Así es, sin duda—dijo Sansón (657).

Advirtamos que el bachiller puntualiza que se trata de dos errores y no de uno o, cuando menos, de dos partes del mismo error: por un lado, la falta de mención del hurto y de su autor y, por otro, la incongruencia de mencionarse “de allí a poco” a Sancho sobre un burro que todavía no ha reaparecido. Advertida la discriminación, sorprende que Sansón niegue carácter erróneo a la primera mitad al desechar como innecesaria la descripción que hace Sancho del robo—“no está en eso el yerro”, dice—y al recalcar que lo verdaderamente erróneo es la mención del escudero a lomos de su burro poco después de su desaparición y antes de su recuperación, es decir, la segunda mitad del error. La opinión lectora generalizada, que es la que está repitiendo Sansón aquí, mantenía, pues, que el problema real de la Primera parte era el de sus inconsecuencias narrativas después del robo, pero que la referencia a éste, olvidada o no, implícita o expresa, no se consideraba un verdadero error.

Ahora bien, este segundo yerro no tiene la misma importancia en la primera y en la segunda edición de Cuesta. Como se sabe, la primera, junto con la segunda y tercera de Lisboa, ambas piratas, son las únicas sin mención alguna ni del robo ni de la recuperación del rucio. A partir de la cuarta edición de la novela, segunda de Cuesta, se interpola una versión del robo en el capítulo 23 y una versión de su recuperación en el capítulo 30, correcciones que adoptan ya todas las demás ediciones hasta 1615.

Ciertamente, las frases relativas a la parte disculpable de la falta, “se le olvida de contar quién fue el ladrón que hurtó el rucio a Sancho, que allí no se declara, y solo se infiere de lo escrito que se le hurtaron”, refieren exclusivamente a la primera edición de Cuesta. Pero es igualmente cierto que la frase siguiente, la relativa al yerro sin solución ni disculpa, “y de allí a poco le vemos a caballo sobre el mismo jumento, sin haber parecido”, tiene un doble referente posible: casi imperceptible en la primera edición, escandalosamente obvio en la siguiente edición de Cuesta.

En la primera edición, en efecto, desde el momento en que se infiere que ha desaparecido el rucio, mediado el capítulo 25, hasta el momento en que se vuelve a mencionar a Sancho caballero en su asno, al abandonar la venta, en el capítulo 47, transcurren veintidós capítulos. En la segunda edición de Cuesta, una vez descrito el robo del rucio en el capítulo 23, la mención de Sancho caballero en su jumento, “antes de haber parecido”, reaparición que ahora se lee en el capítulo 30, ya no es la antedicha del capítulo 47 sino que ocurre pocas líneas después de mencionado el robo: cuatro veces en ese mismo capítulo 23 y tres en el capítulo 25.

Conviene aclarar, parentéticamente, que, a diferencia de lo que se suele entender y de lo que entiende la edición que adopto como ejemplar, la agravación del segundo error no se debe forzosamente a la colocación errónea de los pasajes interpolados en la segunda edición de Cuesta. Se puede deber, igualmente, a no haberse eliminado todas las referencias incongruentes después de la bien colocada interpolación. Ese fue el criterio de la minuciosa edición de Bruselas de 1607, que no corrige la posición de la interpolación de 1605 sino que, dándola por buena, elimina las principales referencias erróneas subsiguientes. Y esa misma fue la solución, probablemente cervantina, de la tercera edición de Cuesta en 1608 al eliminar algunos pasajes inconsecuentes sin cambiar de sitio la interpolación. De donde se puede concluir provisionalmente, y con ello cierro el paréntesis, que no se puede justificar la desautorización de las correcciones como debida a su mala colocación.

3-Lectura contemporánea

Vuelvo a las diferencias entre una y otra edición de Cuesta. Para apreciar adecuadamente la distinta magnitud del error de mencionarse a Sancho a caballo sobre su jumento sin haber parecido éste, hay que adoptar el punto de vista de quienes en 1615 habían sido lectores de una o de otra edición.

En primer lugar, cuántos eran unos y otros. En 1615, al aparecer la Segunda parte de la novela, el doble error original sólo se daba en tres ediciones, la príncipe y las dos ediciones pirateadas en Lisboa, mientras que las correcciones erróneas de la segunda edición de Cuesta se habían estampado en seis ediciones hasta 1615. Por muy dispares que fueran las tiradas y las ventas de unas y otras, es evidente que era considerablemente mayor el número de lectores de la segunda versión mal corregida que el de los de la versión errónea original.

Al leer las palabras de 1615 esa minoría de lectores de la primera edición o de una de las dos ediciones de Lisboa había de convenir sin duda en que el error era doble. Mas sin duda también les debía de parecer desmesurada la gravedad relativa atribuída a uno y a otro. Y ello por varias razoness: en primer lugar, porque difícilmente podrían considerar baladí el silencio acerca del robo del asno, que tan abruptamente les había obligado a inferir su ausencia en el capítulo 25; en segundo lugar, porque entre ese momento y la mención de Sancho a caballo del mismo, en el capítulo 47, mediaban tantos capítulos que no era cierto que este segundo error se produjera “de allí a poco”; y en tercer lugar, porque a esa altura del texto hacía ya tanto que no había habido referencia alguna al jumento y habían ocurrido tantos desplazamientos, habían pasado tantos días y se habían producido tan variados encuentros y desencuentros, que lo más fácil era haber olvidado la ausencia del asno y, por tanto, no echar de menos su reaparición ni advertir incongruencia narrativa alguna cuando se aludía a él de nuevo.

En cambio, para la mayoría lectora de la Primera parte, esa que había manejado la segunda edición de Cuesta de 1605 o cualquier otra posterior, las palabras de 1615 resultaban sin duda impertinentes en lo relativo al silencio acerca del robo del rucio, pues su descripción ya se podía leer en su capítulo 23. Y en la medida en que entendieran el “allí” en “de allí a poco” como referido a la frase “sólo se infiere de lo escrito que se le hurtaron”, es decir, referido al lugar de la inferencia textual, inexistente para ellos, y no al del hurto, debían incluso pensar que nada en el pasaje se refería al texto que ellos habían manejado y, en consecuencia, que carecía de sentido. ¿Entenderían estos lectores quizás que se trataba de otro error más en la serie de errores acerca del rucio de Sancho? Lo que dificultaba esta interpretación para ellos era que en su Primera parte era evidente que “de allí a poco” de la ahora declarada desaparición, sólo unas pocas líneas después de ella, las incongruentes menciones de Sancho a lomos del asno desaparecido se repetían de manera escandalosa hasta seis veces. ¿A qué carta quedarse entonces? ¿Debían aceptar o debían rechazar que las palabras de 1615 aludiesen al texto que ellos habían leído y no a otro?

Bastarían quizás estas primeras consideraciones para dudar de que las palabras de 1615 se refieran únicamente al doble error de la edición príncipe y para sospechar que también lo hacen, parcial pero más acertadamente, a los errores de la segunda edición de Cuesta a consecuencia de la primera de sus interpolaciones correctoras. Estas dudas y sospechas no hacen sino afianzarse cuando se consideran otros aspectos significativos de estas palabras de 1615.

4-Destinatarios discursivos

Empecemos por el de sus destinatarios. ¿En qué lectores pensaría Cervantes al redactar este “ridículo razonamiento” al principio de la Segunda parte: los lectores de la primera edición de la novela, los de las demás ediciones, aquellos que desconocían la Primera parte en cualquier versión, todos ellos indistintamente o ninguno de ellos, sino los futuros lectores de una futura Primera parte corregida de acuerdo con estas indicaciones? Parece evidente que, en la medida en que su intención fuera desautorizar ciertos pasajes, Cervantes debería dirigirse a quienes ya los conocieran o los pudieran conocer, es decir, a quienes los hubieran leído o los pudieran leer. De modo que estos lectores no podían ser los de la primera edición, que carecía de tales pasajes–¡curiosamente, justo la edición a la que, según la interpretación más extendida, se refieren exclusivamente las palabras de 1615! Tampoco me parece posible mantener que la intención desautorizante hiciera caso omiso de todos los lectores anteriores a 1615 y estuviera dirigida solamente a los que, después de esa fecha, pudieran beneficiarse de futuras ediciones de la Primera parte corregidas de acuerdo con esta supuesta desautorización—¿serían estos acaso los lectores de la actual edición del Instituto Cervantes? Y no se piense que abonan esta aventurada hipótesis las palabras con que Sansón remata la conversación: “Yo tendré cuidado . . . de acusar al autor de la historia que si otra vez la imprimiere no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho, que será realzarla un buen coto más de lo que ella se está” (II, iv). Si su promesa se cumpliera, la versión corregida de la Primera parte debería incluir tanto la explicación del robo y de la recuperación del asno como la relativa al gasto de los escudos encontrados por Sancho. Nadie ha tenido tamaño atrevimiento editorial.

Dejando aparte suposiciones inverosímiles, la realidad fácilmente imaginable por Cervantes era que entre los que leyeran sus palabras de la Segunda parte de la novela iban a ser mayoría los que desconocían la primera edición y disponían sólo de una de las ediciones corregidas de la Primera. A ellos, desde luego, no podía dejar de dirigirse.

¿Qué pretendía Cervantes que entendiera esta mayoría en 1615 cuando hacía decir a Sansón Carrasco que al autor “se le olvida de contar quién fue el ladrón que hurtó el rucio a Sancho, que allí no se declara, y solo se infiere de lo escrito que se le hurtaron”, sabiendo que para ellos no había tal olvido,? Si alguna nueva inferencia esperaba de ellos sería, creo yo, que el texto que habían leído corregía el olvido ahora mencionado, aun cuando este sólo podía existir en un texto anterior desconocido para ellos. Como, sin embargo, les resultaba pertinente la referencia a las graves inconsecuencias a seguido del robo, tan flagrantes en su texto, podía esperar que infirieran adicionalmente que la corrección reflejada en su edición había sido, como poco, incompleta. Lo que no es razonable suponer es que confiara en que esos lectores entendieran que las palabras de 1615 invalidaban la corrección que habían leído y que, en consecuencia, debían volver a otra versión textual, tan errónea como la suya, de la que no disponían. Difícilmente podía Cervantes esperar de ellos tal conclusión, además, cuando les hacía ver ahora, en 1615, que Sancho pormenorizaba sin contradicción alguna el mismo robo que ellos ya conocían–coincidencia que sin duda confirmaba la validez de la breve descripción correctora que habían leído, en vez de desautorizarla.

5-Práctica correctora de Cervantes

¿Cómo se compadece el supuesto propósito corrector de las palabras de 1615 con la práctica habitual de Cervantes en esta materia? Después de la conocida hipótesis de Geoffrey Stagg en 1959, 2 solemos aceptar que el error del rucio se debió en su día a unos desconcertados cambios de última hora. Si aceptamos también, de nuevo con la mayoría, que las correciones sucesivas son efectivamente de Cervantes, advertimos que corrigió el error inicial con no menos desconcierto pocos meses después en la segunda edición de Cuesta. Tres años más tarde vuelve a confirmarse el poco interés que le merecía cualquier corrección cuando, al reparar las consecuencias de la inadecuada corrección anterior, sólo lo hace con los dos pasajes más evidentes y olvida todavía cinco más. Resulta pues innegable que en ninguna de esas ocasiones pudo o quiso el escritor dedicar la suficiente atención al asunto. ¿Por qué suponer entonces que lo haya hecho en 1615? ¿Por qué habría hecho en frío lo que no hizo en caliente?

Parece fuera de duda que Cervantes no leyó y releyó su texto con la atención con que lo hacemos nosotros, y mucho menos, claro, con la atención con que lo hace un equipo editorial de hoy. Concluyamos que la inatención y el descuido han de considerarse parte integral de su intención como autor: primera, última o intermedia, su intención fue siempre expeditiva y descuidada; desde luego careció del rigor, de la exactitud o de la consecuencia necesarios para sustentar desautorización alguna de una redacción anterior.

6-Propósito del recordatorio

Es improbable que Cervantes recordara en 1615 el detalle ni la cronología de sus anteriores errores, pero lo que le había de resultar más difícil de olvidar eran las críticas y las burlas a que aquellos deslices dieron lugar a lo largo de los años siguientes. En efecto, esas parecen haber sido la causa principal de las palabras de 1615 si atendemos a su objetivo principal, a saber, disculpar al autor de los errores cometidos en la Primera parte de la novela negando su responsabilidad en ellos. Y no es casual, naturalmente, que este propósito exculpatorio esté emparentado con el propósito del Prólogo de defender al autor de las acusaciones de Avellaneda. Ambos son parte de un mismo esfuerzo, ni risueño ni benevolente sino, más bien, disfrazado con el rictus de una sonrisa benevolente, por paliar unos reproches a los que Cervantes no puede negar fundamento real.

En 1615 los errores de 1605 no tenían ya remedio, pero eran todavía preocupantes. Lo eran no por las inconsecuencias textuales que habían causado sino porque le habían dado a Cervantes una merecida, pero molesta y duradera fama de autor descuidado y chapucero. Tanto si habían leído la Primera parte, en cualquiera de sus versiones, como si la desconocían, los lectores de 1615 sabían probablemente de esta fama y de su origen en los errores de la primera entrega de la novela. Era este un recuerdo que resultaba particularmente indeseable en el momento de una segunda entrega de la misma pluma, muy especialmente cuando competía con la segunda entrega de un rival malevolente. En estas circunstancias, Cervantes se veía obligado a dos operaciones retóricas peligrosamente relacionadas: por un lado, recordar a sus lectores la coincidente identidad del autor de la Primera parte y del autor de esta Segunda parte: él, Cervantes, y no otro, era el autor verdadero del verdadero Quijote; por otro lado y simultáneamente, exculpar al autor de esta Segunda parte de los cargos a que le hacía acreedor la Primera parte: otros y no él, Cervantes, eran los culpables de aquellos errores. El lugar oportuno para estas ajustadas maniobras era a seguido de su agresiva defensa ante Avellaneda en el Prólogo, en el introito de una auténtica Segunda parte cuyo favor inicial dependía del regusto que hubiera dejado su indisociable Primera parte. Dicho de otro modo, con esas referencias a la Primera parte Cervantes pretendía ganarse la bienquerencia y la confianza de quienes, comenzando a leer su Segunda parte, habían de preferirla a la del competidor intruso, sin temer nuevos desaguisados de un autor, verdadero, sí, pero cuyos anteriores errores tan poca confianza les habían infundido.

7-Silencio obligado

Dada la necesidad de esta complicada disculpa de los pasados errores, no era lo más indicado mencionar en ese momento unas correcciones posteriores que no podían entenderse más que como suyas. Cervantes tenía que pasarlas bajo silencio pues ni siquiera irónicamente habría podido achacar al impresor las interpolaciones de la segunda edición sin insinuar con ello una indeseable colaboración escritora, ni habría podido atribuírselas al historiador arábigo sin quebrar burdamente la verosimilitud de su postura narrativa. Tratándose de unas correcciones, además, que agudizaban, al menos parcialmente, el problema original en vez de resolverlo, es decir, unas correcciones que habían resultado fallidas, traerlas a colación hubiera sido confirmar ante los lectores de la Segunda parte precisamente lo que pretendía desmentir, lo bien fundado de su fama de desmemoriado y de descuidado.

Aun cuando, contrariamente a lo que nos tiene acostumbrados, Cervantes se acordase minuciosamente de las correcciones de 1605 y de 1608, y aun cuando, inverosímilmente, le preocupase todavía su carácter fallido, habrá que convenir en que el hecho de silenciarlas en 1615 se explica más congruentemente como consecuencia obligada del propósito de disculpa que como acción y efecto de voluntad desautorizante alguna.

8-Decisión editorial, mejor texto

En vista de todo lo antedicho no me parece posible entender las palabras de 1615 como última voluntad correctora cervantina de los errores acerca del rucio de Sancho en la Primera parte: ni esas palabras desautorizan texto anterior alguno, ni podían ser entendidas en este sentido por sus lectores contemporáneos, ni se corresponden con el característico descuido escritor de Cervantes. Obedecen, más bien, a un propósito de disculpa que en 1615 resultaba obligada dado que la competencia de su Segunda parte con la de Avellaneda le forzaba a asociar estrechamente sus dos entregas de la novela.

Añádase a ello que, por lo que sabemos de él, a Cervantes nunca le desazonó el prurito de un texto definitivo, entre otras cosas porque el carácter definitivo de cualquier texto estaba muy lejos de su alcance ni del de ningún autor de la época. No había sido así en el momento de publicarse la Primera parte de la novela y no hay razón para suponer que fuera así diez años después al publicarse la Segunda parte. Como la idea misma de un texto único y perfecto no tiene cabida en su intención como autor, hay que concluir, más bien, que Cervantes acepta todas las versiones de sus textos sin preferencia alguna, aprovechándolas según la conveniencia del momento. La decisión editorial que decida ser respetuosa con esta católica intención no es pues la de privilegiar versión alguna sino, en la medida de lo posible, la de acogerlas a todas en una sola. No es dudoso que el texto más cercano a ese ideal debe ser el de 1608. Es el último de la Primera parte de la novela en el que cabe suponer razonablemente la intervención de Cervantes, pero no sería esta la principal razón para escogerlo, sino simplemente la de ser, entre los debidos a su pluma, el más completo y el que adolece de menos errores.

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  1. Cito por el número de página de Miguel de Cervantes, ‘Don Quijote de la Mancha’, Edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Instituto Cervantes.Crítica, Barcelona, 1998.
  2. Stagg, Geoffrey, 1959, “Revisions in Don Quixote, Part I”, en Frank Pierce (ed.) Hispanic Studies in Honour of I. González Llubera, Oxford, The Dolphin Book Co. Ltd., 1959, 347-66.